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  ESTUDIOS.
 

¿Qué Ley del reino rige todo tipo de relaciones entre los seres humanos? (Mt 7.12)

 

Jesucristo formuló un importante principio, el cual debe ser adoptado por toda sociedad: la ley de la reciprocidad. Utilizó el término “Ley” porque se trata de una norma universal: “Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos” (Mt 7.12). ¡Que profundos efectos se derivan de esta “Regla de oro” si ella se aplicara a todos los niveles en el mundo de hoy!

Si no te gusta que tu vecino robe tus cosas, no tomes tú las de él. No quisieras ser atropellado por un chofer negligente, n manejes descuidadamente. Anhelas recibir ayuda en momentos de necesidad, auxilia a otros cuando lo necesiten. No nos agrada que la gente de la industria contamine el curso superior del río que nos pasa por delante, no lo hagamos nosotros a los que viven corriente abajo. No queremos respirar aire lleno de toxinas, no hagamos sufrir a otros ese inconveniente. En nuestro centro de trabajo, no aceptamos ser oprimidos, así que no oprimamos a nuestros empleados. Si se aplicasen esta ley del reino no serían necesarios los ejércitos, la policía ni las prisiones; los problemas se resolverían pacíficamente, las cargas públicas se reducirían y se liberaría la energía de todos. “Haz con otros como quieres que los demás hagan contigo”, llevado a la práctica, revolucionaria la sociedad. Este es el principio del reino que debe regir todas nuestras relaciones sociales.


¿Puedo vivir en santidad? (Mt.5.8)


Si fuere imposible vivir en santidad, Dios no lo hubiera ordenado. El Señor dice: “Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios”(lev19.2). Ser santo significa ser separado para Dios. L a santidad la define la propia naturaleza de Dios. Ser apartados para Dios nos hace santos.

Las buenas obras no nos hacen santos. Somos hechos santos por medio de la fe en Cristo, y también por la fe somos salvos. Poco a poco, mientras crecemos y vivimos en el Señor, nos parecemos más y más a Él. (2co3.18)

Si ponemos nuestra vida en el Señor Jesús, pensamos en Jesús, estudiamos su vida, oramos a Jesús, y buscamos seguir su ejemplo, nos parecemos más a Él. Nos asemejaremos a Él porque hemos sido apartados para Él. Esta es la verdadera santidad.

Si eres cristiano, dentro de diez años tu vida será considera-

blemente diferente de lo que es ahora. Tus motivos y deseos serán cada día más elevados, en la medida que te acerques a Él.

Jesús dice: “ Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios”(Mt5.8). Podemos alcanzar cierto grado de pureza en esta vida. Pero Ella viene de Dios, a medida que crecemos en la fe y nos acercamos cada día más a Él. Aunque la perfección no se alcanza completamente en esta vida, debemos buscarla y aspirar a ella en todo momento, porque la madurez cristiana y la santidad forman parte de la vida de los hijos e hijas de Dios responsables. La santidad es también práctica. La madurez en la santidad se observa en aquellos que han dejado de preocuparse por sus propias necesidades y se han identificado totalmente, dentro de la visión global de su Padre, con la tarea de transformar un mundo herido. La santidad engendra la actitud madura que nos impulsa a convertirnos en instrumentos de Cristo, para cumplir con los anhelos de oración del Señor. (Mt6.10)


¿Cómo orar para que ocurra un milagro?(Jn5.17)

Cuan do frente a una gran necesidad, tanto nuestra como de otros, debemos humildemente buscar la voluntad de Dios sobre esa cuestión: “Padre, ¿que te propones hacer en esta situación?” Jesús dijo: “Mi Padre hasta ahora trabaja y yo trabajo” (Jn 5.17). Escuchó la voz del padre, y le puso atención. Cuida de no comenzar oración alguna diciendo torpemente: “Si es tu voluntad”. En lugar de ello, debes tratar de conocer la voluntad de Dios en cada situación particular y basaren ella tu oración. Orar por un milagro constituye una invitación al Espíritu Santo para que se manifieste. Cuando ese es su propósito, ÉL te lo hará saber. Entonces puedes pedirle el milagro que ya sabes desea llevar a cabo.

A menudo es importante utilizar algo clave para implorar un milagro: la palabra hablada. Dios nos ha dado autoridad sobre la enfermedad. Los demonios, las tormentas y las finazas (Mt 10.1; Lc 10.19). A veces le pedimos a Dios que actúe, cuando, de hecho, Él nos llama ha emplear su autoridad actuando por medio de declaraciones divinamente autorizadas. Debemos declarar esa autoridad en nombre de Jesús: Podemos ordenar que los fondos necesarios fluyan a nuestras manos, que la tormenta cese, que un demonio abandone a alguien, que una aflicción nos deje, o que una enfermedad desaparezca.

Las palabras de Jesús fueron: “Cualquiera que dijera a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga será hecho” (Mrc 11.23). ¡Cree en tu corazón que ya ha sido hecho! Con la unción de fe que Dios te da, proclámalo. Pero recuerda los milagros nacen de la fe en el poder de Dios, no de un ritual, formula o fuerza de la voluntad humana.

 

 
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